EL LUTO EN NUESTROS VALLES
Recientemente mirando el álbum familiar me
topé con unas imágenes que me hicieron reflexionar, y pensé que en esta ocasión
las cosas han cambiado para bien. Vi unas fotografías de una niña de cuatro años,
vestida de luto riguroso y un gran lazo negro en su cabeza, pues su madre había
muerto. ¿Cómo podía suceder algo así? Era muy pequeñita. Esto me llevó a
reflexionar y recordar otros tiempos, cuando la mayoría de las mujeres de la
edad de mi abuela vestían de negro y ya no se deshacían de este color.
Vestidos, delantal, pañuelo, medias, zapatillas e incluso la ropa interior,
todo era de ese color. No lo hacían por elegancia, todo lo contrario, era luto.
Podían tener cincuenta o sesenta años y ya parecían unas ancianas.
Recuerdo
ver a mis vecinas en Cayón como teñían la ropa cuando algún familiar fallecía.
En la calle, en baldes de agua sobre el fuego añadían un tinte que consistía en
unas pastillas negras. Las compraban en la tienda del pueblo o en la droguería
Quindos en Sarón, y las envolvían en un trapo, posteriormente introducían la
ropa y la iban dando vueltas en el agua caliente, con un palo, mientras las
prendas iban tomando el color negro. Seguidamente las dejaban enfriar, y después
las aclaraban poniendo en el agua vinagre y sal, pregunté el porqué del vinagre
y la sal, pues no entendía como se le podía echar cosas que eran para cocinar.
La respuesta vino con una sonrisa, el vinagre es para dar brillo a la ropa y la
sal para que el tinte no se corriese.
El color negro para el luto se remonta a
la época de los romanos, posteriormente se cambió al blanco y en tiempos de los
Reyes Católicos se volvió a introducir el color negro. Los monarcas fueron muy
rígidos en el protocolo del luto, tanto que incluso el Concilio de Toledo lo
reprobó.
Las mujeres siempre han sido las más
perjudicadas en los lutos ya que lo han llevado durante largos años. Había
tiempos establecidos, si fallecía el marido, esposa o hijos sería de dos años;
para los padres un año; y seis meses para los hermanos y abuelos. Una señora
mayor del valle de Carriedo me comentaba que en su pueblo eran más severos ya
que por los esposos el luto podía durar toda la vida, por los padres tres años
y en el caso de los hermanos lo normal eran dos años. En este tiempo debían de
ir de luto riguroso y finalizado el periodo acostumbrado, ya estaba permitido
vestir de alivio, es decir, color gris, malva, morado o combinado con blanco.
Tampoco podían llevar cualquier joya, estas debían de ser con piedras negras u
oscuras, como el azabache, la amatista y el ónice.
Los hombres pasados el primer año llevaban
una cinta negra en la solapa de la chaqueta y en el sombrero. Los gemelos tenían que ser negros. También
señalaban el luto con corbatas negras o un botón en la solapa e incluso un triángulo
de tela del mismo color.
Cuando estaban de luto no podían acudir a
fiestas, bailes, bodas o lugares de diversión. Las bodas familiares se aplazaban
o se hacían en la más estricta intimidad. Los hombres no podían acudir al bar o
a las tabernas.
Y todo esto en muchas ocasiones se veía
agravado con el fallecimiento de varios miembros de la misma familia. Recuerdo
oír de niña en una de esas tertulias de vecinas que hablaban de una señora que
estaba soltera porque “la pobre” decían, se pasó la juventud de luto, primero
se murió el padre, después la abuela, más tarde dos tías y así varios
familiares más, que la robaron la juventud.
Los lutos comenzaron a desaparecer a mediados
de los años sesenta del siglo pasado. Las mujeres más atrevidas que dieron el
primer paso para terminar con esta penosa tradición, no estuvieron exentas de
críticas por parte de sus vecinas, en especial de las más mayores, pero poco a
poco, fue siendo imitado por el resto del vecindario convirtiéndose así en algo
normal.
En los lutos hemos avanzado positivamente.
El dolor se lleva en el corazón, no en las ropas, cuando perdemos a un ser
querido es cuando más necesitamos la compañía de nuestros amigos para superar la
tristeza, y no estar encerrados a cal y canto.